Por aquellos años en los que andaba descalza por un tapiz, moviéndome al compás de una melodía, me sucedieron muchísimas cosas, la mayoría se quedaron tatuadas en mi memoria, pues como ya muchos me dicen, a mí me pasa todo. Bueno, la verdad es que si no es a mí entonces estoy cerca para ser testigo ocular de lo que sucede. Hoy quiero comentarles lo que le sucedió a un amigo gimnasta en pleno entrenamiento.
Para los que no sabían que fui gimnasta, bueno ahora lo saben, el deporte que practiqué durante 13 años de mi vida: Gimnasia Rítmica Deportiva. Mi amigo practicaba la otra gimnasia: Gimnasia Artística, que es en la que los hombres tienen presencia también y es la más seguida en nuestro país. (Suerte para Manrique en su participación en las Olimpiadas de Río 2016).
Hago la aclaración, porque hoy en día todavía muchos confunden una gimnasia con la otra, además la instalación en la que entrenábamos permitía que los atletas de ambos deportes entrenaran prácticamente juntos, pues los tapices estaban uno al lado del otro.
Adentrándonos en la historia, andaba yo calentando para comenzar a practicar mi selección con el aro y los varones de gimnástica (también se le conoce así), calentaban para ejecutar sus ejercicios en el caballo de salto. Como el terreno para la carrera de impulso era corto, pues tenían que utilizar parte de nuestro tapiz para poder alcanzar la velocidad necesaria, lo que provocaba a veces que tuviéramos que interrumpir lo que estuviéramos haciendo.
Entonces, mi amigo se preparaba para saltar y tuve que detenerme, de paso aproveché para ver su ejecución en el caballo de salto:
El atleta se concentra, respira profundo, deja caer todo el equilibrio de su cuerpo sobre el metatarso y luego de un instante, comienza su carrera de impulso. El aire provocado por la velocidad de su cuerpo, le despeinaba, mientras que su rostro contraído, daba síntomas de que su físico entregaba todo de sí. Pone un pie delante de la cuña de salto y cuando apoya el otro… la cuña resbala, sale disparada hacia tras y el gimnasta devenido en corredor de velocidad fue a dar de pecho contra el caballo de salto.
Todo el que estaba mirando se quedó paralizado y el que no, pues dejó lo que estaba haciendo para observar el panorama. Mi amigo se había quedado doblado por la mitad, sin aire, manos y pies hacia el frente y abdomen, pecho y cara tatuados en el caballo de salto.
Tuvieron que quitarlo de ahí, por él mismo no podía zafarse. Todos nos asustamos muchísimo, pero no paso mucho rato para que se estremeciera la instalación a carcajadas. Reímos mucho, incluso alteró el resto del entrenamiento pues por mucho que quisiéramos, no nos podíamos concentrar, sobre todo yo, que cada vez que me cruzaba con él le decía: ¿Cómo andas Tom?
Nada, que no se le podía decir de otra manera a quien con mucho estilo y gracia, había logrado escenificar uno de los tantos capítulos de esos dibujos animados de Gato y Ratón. Sobre todo ese en el que cae la tabla de planchar y el felino queda doblado por la mitad cuando choca con ella. En fin, reí mucho junto con mis amigos, porque la verdad es que jamás pensé que lograría ver en vivo una caída así, a lo Tom y Jerry.
Por ahí nos pillamos.






Jajaja candela! pobrecillo, creo que por ahí anda un video en YouTube donde pasa exactamente lo mismo con un atleta pero en una competición seria jajaja..
jajajaj si la vi, igualito, vi tantas cosas que le pasaron a mis compañeros gimnastas que no me alcanzan, algunas muy graciosas otras escalofriantes, tan escalofriantes como la foto de tu blog :S