El autobús se detiene, la muchedumbre se abalanza sobre las puertas. Anacrónica, la empujan de un lado a otro, no se desplaza ni medio centímetro. Es uno de esos días en los que la paraliza lo infinitesimal que es. Mira al cielo, se trasporta, puede observarse desde la altura, es solo un punto en un hormiguero.
Vista al frente, al otro lado de la calle un parque se deja ver, cruza. Al llegar sube a la cima de un árbol, entonces es real, lo ve todo desde arriba. La ciudad se mueve como maquinaria bien ensamblada. Todos sumergidos en sus problemas, sus metas, sus sueños.
En cuestión de segundos interpreta rostros, como el refrán cada quien es un mundo, lo percibe. Maldita habilidad que tiene de ponerse en la piel de los demás, siente por ellos. Creen ser el centro del universo – piensa – que la vida gira a su alrededor, no son más que engranaje, hilos que se entretejen en un tapete.
Ruido estrepitoso, reacciona, el autobús continúa ahí, espera por ella. Existe, única certeza. En rededor todo convulso, comparable con el huracán de proporciones ilimitadas que se agita en su interior. Resignarse, ser ave de paso no es una opción, por lo menos no sin haberlo intentado todo, no se conforma con ser una criatura adaptable. Entonces, descubre que es uno de ellos, que no sabe cómo soltarse del arrevesado tejido. Se aferra a la baranda del bus que continúa su trayectoria y repite – sobrevivir, es no morirse, no estar vivo.







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